PERSONAJES
Por José Luna
La noche era joven y el jazz reinaba por encima del barullo de copas, risas y voces de hombres y mujeres celebrando un día más de vida en Mama’s Bar. De pronto él apareció en la puerta partiendo en dos la noche y suspendiendo el tiempo: traía una soga al cuello con el perfecto nudo corredizo del ahorcado, en el brazo derecho enrollaba el otro extremo de la cuerda.
Era delgado, de estatura media y con un gran parecido físico al entonces director de noticieros Televisa, Jacobo Zabludovsky, de ahí el apodo con que lo conocíamos: Jacobo. Creo que su verdadero nombre era Dennis, tendría unos sesenta años de edad, Estadounidense, miembro de la Legión Americana y, al decir de algunos, coronel retirado del ejército de los Estados Unidos. Era uno de los muchos personajes que vinieron a recalar en San Miguel al terminar la Guerra de Vietnam en 1975.
El grupo paró de tocar y el baterista inició un redoble, se hizo el silencio y Jacobo cruzó con paso solemne todo el bar, atravesó la pista de baile y subió por la escalera al tapanco del fondo. Desde ahí podía alcanzar las vigas del techo y eso encendió la voz de alarma, corrí hacia él y caminé a su lado, se detuvo junto a una mesita desde donde se dominaba la pista, lanzó la soga por encima de una viga ¨madrina¨–llamada así porque sirven de apoyo a vigas viejas— y se sentó a la mesa. Yo me senté en la otra silla, listo a saltar sobre él si intentaba cualquier maniobra que indicara el inicio de un suicidio. La gente no daba crédito a lo que estaba viendo, algunos pensaban quizá que era un acto ensayado, otros estaban asustados, todos estábamos sorprendidos. Meseros, cantineros, músicos y clientes habituales nos habíamos acostumbrados a las excentricidades de Jacobo; en ocasiones llegaba con varias copas encima, se acostaba debajo de una de las mesas grandes y desde ahí ordenaba sus tragos sacando una mano con un billete. Al principio era incómodo para los clientes tenerlo entre los pies debajo de su mesa pero él no molestaba a nadie, acostado boca arriba con las manos cruzadas bajo su cabeza disfrutaba de la música. En ocasiones llegaba vestido de sacerdote, con traje negro y alzacuello, con su elegancia y aspecto distinguido pasaba fácilmente por ministro de algún culto.
Después de acompañar a Dennis por un buen rato sentado junto a él sin cruzar palabra, pensé que no tenía realmente intención de suicidarse, era solamente una forma de llamar la atención. Pedí a un mesero que lo vigilara por si las dudas y me dispuse a bajar, entonces él, señalándome la pista de baile me dijo en voz baja: No te vayas, dentro de un rato van a soltar los leones para que se coman a los cristianos.