LA ENTREGA (Parte 2 de 3)

Los propietarios llegaron con retraso y eso nos dio oportunidad de estar a solas con el local que un día fue nuestra casa.

En la calle de Umarán, normalmente bulliciosa, reinaba ahora el silencio impuesto por el Coronavirus. Al entrar a la vieja casona esa quietud evocaba más bien la paz de los cementerios.

Las desnudas paredes ya no devuelven el sonido de guitarras, pianos, saxofones y risas. En el piso se mueven, arrastradas por el viento, las hojas secas que dejaron caer las bugambilias y el árbol de hule.

A esta casa se le fue la vida. El brillo se fue apagando poco a poco y me recuerda los ojos de los peces muertos, ya todo en su interior es opaco. Al ver este cascarón inerte me doy cuenta de que la magia de Mama Mía no tenía nada que ver con el local, el hechizo se logra por clientes, amigos, meseros, cocineros y músicos en un ritual que se oficia día con día.

Firmamos documentos de entrega y ahí terminó todo.

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